martes, 3 de febrero de 2015

Viaje exprés: cuatro días, cuatro ciudades, tres países III

Nuestro tercer día en nuestro viaje exprés por Europa Central se resume en coche, coche, coche. Teníamos claro que esa mañana conduciríamos hasta Bratislava, pues apenas se tarda una hora, y que el resto del día lo pasaríamos paseando con calma por la capital eslovaca y terminando de ver lo que nos quedara pendiente en Viena. Sin embargo, un cambio de planes a última hora añadió una cuarta ciudad a nuestro planning, así como un tercer país. Si queréis saber qué destino visitamos de manera espontánea y totalmente fuera de nuestros planes, ¡seguid leyendo!



Esa mañana nos despertamos temprano y, después de un buen desayuno, nos dirigimos hacia Bratislava, capital de Eslovaquia. Callejeamos por la ciudad y buscamos las famosas estatuas de las que ya os hablamos en este post, e hicimos fotos a los bonitos edificios con su peculiar estilo tan típico de los países del este. Una vez más iniciamos la búsqueda de un pub tirado en el que tomar una cerveza eslovaca antes de marchar, y de nuevo volvimos a fracasar en el intento. ¿Qué estaba pasando en este viaje que no podíamos hacer algo tan simple como tomarnos una birra tan tranquilos en un bar lugareño? Teníamos en nuestra lista de cosas pendientes ir a comer al Slovak Pub por recomendación de Carol en su visita a Bratislava, pero la verdad es que era bastante pronto y no teníamos hambre, así que lo dejamos estar.


Tras visitar el castillo y el resto de la ciudad, y en vistas de que nos íbamos a quedar sin tomarnos una cerveza en condiciones, entramos en un súper y compramos algunas para llevarlas a nuestros amigos como souvenir de vuelta a casa. Una última vuelta por la ciudad, y estábamos listos para marcharnos.


Justo cuando estábamos a punto de dejar atrás la ciudad, vimos un cartel. No puede ser, ¿es eso un bar? ¿Y está abierto? ¡Sí! Entramos y sin pensarlo dos veces nos pedimos no una ni dos, ¡sino tres cervezas! Era cierto lo que decían sobre los países a este lado de Europa: la birra está baratísima. Si no recuerdo mal, el medio litro salía a 1,30€. Para celebrar que al fin podíamos hacer algo que teníamos pendiente desde el primer día de viaje, me bebí una cerveza de medio litro (mi pareja apenas se tomó una pequeña, pues tenía que conducir) y compartimos a medias una tercera cerveza negra.



Ahora sí que sí, con calorcito en el cuerpo para soportar este frío ya estaba lista para lo que hiciera falta. Volvimos al coche e introdujimos un nuevo destino en el navegador: Budapest. No estaba en los planes, en absoluto. Pero aquí el conductor estaba motivado y se sentía capaz de todo, y ya que habíamos visto que la capital húngara se encontraba apenas a dos horas conduciendo, y que nos habíamos encontrado con infinidad de paneles en la carretera mientras conducíamos, allá que nos fuimos. ¡A por el tercer país de la ruta!



Contentísimos por nuestro improvisado cambio de planes, condujimos durante un buen rato, todavía sin comer (desde el desayuno), y paramos en una gasolinera a reponer combustible y tomar un café. Sinceramente, no teníamos ni idea de en qué país estábamos. El idioma que sonaba en la radio era rarísimo, y desde luego no entendíamos ni un cartel. Fue gracias al recibo de la gasolina que descubrimos que ya estábamos en Hungría. ¡Budapest estaba cada vez más cerca!

Cuando al fin llegamos a la ciudad, atravesamos sin saberlo uno de los famosos puentes que separan Buda de Pest y pasamos, también sin darnos cuenta, muy cerca del Parlamento. Aparcamos donde pudimos y nos enfrentamos a la siguiente realidad: Nos quedaba media hora de luz diurna. No teníamos dinero húngaro (florines, según pudimos comprobar en la gasolinera, donde nos hicimos una chapucera relación Euro-Florín apuntada a boli en el recibo arrugado del súper de Bratislava). No sabíamos dónde estaba lo que teníamos que visitar. No teníamos mapa. No teníamos ni una referencia de nombre para introducir en el navegador del coche. Como preguntando se llega a todas partes, descubrimos que estábamos a un buen rato caminando del centro, y nos quedamos con el nombre del lugar a donde debíamos acudir para ir al Parlamento (Kossuth Lajos tér, como para acordarse). Nos metimos en una cafetería a por un par de espressos (donde pagamos con euros y nos devolvieron el cambio en florines) y pedir Wi-Fi y consultamos los lugares que Carol había aconsejado en su visita a Budapest; anotamos los puntos más importantes y nos dirigimos hacia allá con el coche. 

¿Qué decir de Budapest? Sabía que a Carol le había encantado, y si de alguien me fío a la hora de viajar, es de ella. Y no fue para menos, la verdad. Las vistas del Parlamento desde el Bastión de los pescadores son una pasada, y el paseo a orillas del río, aunque en la oscuridad y el frío del invierno húngaro, fue espectacular. Para entrar al Bastión de los pescadores en coche, debéis pagar. Os aconsejamos desviaros por una cuesta abajo que hay justo a la izquierda, y allí encontraréis un aparcamiento perfecto, gratuito, y con vistas directas al Parlamento.



Mientras volvíamos hacia el coche, le comentaba a mi pareja que, según había leído, a orillas del Danubio había un memorial a los judíos arrojados al río en forma de zapatos, pero que por desgracia no sabía a qué lado del puente quedaba, ni si estábamos siquiera en la orilla correcta. ¿Estábamos en Buda, o en Pest? Mientras se lo iba contando, él avistó un grupo de gente apenas a unos metros de nosotros, y le pareció ver lo que eran un montón de zapatos en la orilla. ¡Era el memorial! Tuvimos muchísima suerte, ya que estábamos a punto de dar media vuelta y marcharnos. Para quienes queráis encontrarlos, debéis ir a la calle del Parlamento y situaros en el lateral izquierdo del edificio. Allí, un poquito más a la izquierda todavía, encontraréis los zapatos. 


Volvimos al coche, eran ya las seis de la tarde. Con un poco de suerte, y si lo hacíamos del tirón, tardaríamos cinco horas en volver a Salzburgo, llegando sobre las once de la noche. Podríamos devolver el coche en el aeropuerto y de ahí coger un taxi al hotel, pues iríamos cargados con las maletas. Sin embargo, una vez más la realidad fue distinta a lo que teníamos en mente. Cuando apenas llevábamos un rato conduciendo, comenzó a nevar y no paró en ningún momento. Al contrario, cada vez nevaba más fuerte y nos venía la nieve de cara. A una hora indeterminada de la noche, quizá sobre las once, paramos en una gasolinera para comer algo. Llevábamos sin comer desde el desayuno, y apenas entonces nos dimos cuenta de que teníamos bastante hambre. Estábamos agotados, y tras un buen Schnitzel con patatas retomamos la ruta hacia Salzburgo. Cometí el error de quedarme dormida durante media hora, y cuando abrí los ojos vi a mi novio pegado al volante y mirando con dificultad a la carretera. ¡Estaba tan nevado que no se veían las líneas del suelo! Me pidió que me mantuviera despierta y le entretuviera ya que todavía nos quedaban dos horas de camino, y él estaba que se caía de sueño. 

Empezando a nevar...

Finalmente, no sé cómo, entre canciones de la radio y conversaciones, llegamos a Salzburgo. Parecía que nunca iba a llegar el momento pero al fin, a las dos y media de la madrugada, entramos en la habitación y nos dejamos caer en la cama muertos de sueño. Finalmente decidimos devolver el coche a la mañana siguiente (teníamos hasta las 10:00h para dejarlo en el aeropuerto) por lo que, al contrario de lo que nos apetecía, no podíamos dormir hasta tarde sino que a la mañana siguiente había que volver a madrugar. Pero eso es algo que os contaré en la siguiente y última entrega de nuestro diario de viaje exprés por Europa Central
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11 comentarios:

  1. Que chulo todo!!! por cierto para ratos me olvido yo de comer jajajajaja, toda una experiencia oye! aunque debio de ser una paliza la vuelta nevando y de noche, a por mas viajes!

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  2. Bua! Que aventura! Estuve en Bratislava una mañana de hace ya unos cuantos años y me encantó! Tengo pendiente Budapest así que tomo nota de todo lo que contáis porque me puede ir bien cuando decida ir...
    Un abrazo!

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  3. Que gran aventura, creo que los viajes improvisados son lo mejor!!!

    Un saludo!

    Patri

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  4. Madre mía!!! Así de locura a Budapest, soy vuestra fan desde ya!! :O No me extraña que no tuvieseis tiempo ni para comer con esa agenda, pero parece ser que visteis la parte más bonita de Budapest, adoro esa ciudad :).

    Saludos!

    BLOG: UNA ESTUDIANTE NÓMADA

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  5. ¿Tanto en tan pocos días?
    Muy buen post,. Saludos!

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  6. Vaya valientes!! yo que odio viajar en coche y cinco horas a Salzburgo tras acabar la jornada, y encima nevando, jooooo, sois héroes, je je. Con el exceso de información que tenemos hoy en día es difícil improvisar y qué bien sienta hacerlo. Preciosas fotos, Un saludito.

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  7. Budapest! Que bien hicisteis en añadirla a vuestra ruta! Yo hubiera hecho lo mismo! La verdad es que viajar con coche tiene estas maravillosas posibilidades... Son más ventajas que inconvenientes!!

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  8. WOW!!!! Que aventura y que valientes!! no cabe duda de que en esos momento un buen cafe es un gran aliado. Al final esas hazañas son lo que deja huella en nuestros recuerdos. Excelente post y tambien muero por conocer Budapest. Saludos

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  9. ¡Madre mía, qué paliza! Yo lo hice mucho más despacito, de Viena a Budapest, varios días y vuelta, parando en medio en el valle del Danubio de camino a Salzburgo. Como decís me encantó el Bastión de los Pescadores y sus vistas son maravillosas... Aunque lo que más me gustó de mi viaje por Austria y Hungria fue la región de los lagos, al sur de Salzburgo. Un saludo de la cosmopolilla.

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  10. Eso es lo que se dice aprovechar el tiempo! Yo no soy capaz de improvisar así en los viajes, la verdad. Seguro que la visita a Budapest aunque fuese corta, mereció la pena.

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  11. Viena y Bratislava están separadas por 64 km creo...así que más o menos es llevable (además dicen, porque yo no he estado, que Bratislava no tiene demasiado). Ahora bien, tirar luego para Budapest ya huele a matada!

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